septiembre 05, 2006

Bocas sordas

Veo bocas que se mueven y ahogan lo que no pueden callar. Lo que no pueden decir. Lo que nadie siquiera intenta escuchar.
Veo bocas por todos lados y en todos los lugares por dónde voy.
En mi casa, las de mis hijos que intentan expresarse y muchas veces no saben a quién dirigirse; la de mi esposa que revolotea mientras pienso cosas “importantes”.
Las de los viejitos en el geriátrico y las de muchos jóvenes los sábados por la noche gritando desde botellas y aturdimiento.
Las veo también en el tren y en el subte dibujadas tras una bolsita con pegamento.
En las mañanas de Santa Rafaela con los muchachos de duchas.
En el trabajo cuando la plata no alcanza y se pierde el ánimo de hablar hablando.
En el reflejo de la pantalla de una computadora.
En la soledad de un banco o un asiento del colectivo.
Detrás de la ventanilla del auto.
En el viejo que parece no tener ya nada importante para decir.
En el padre que balbucea principios y consejos.
Veo bocas por todos lados.
Bocas que se mueven como si estuvieran hablando.
Cuellos que se ensanchan en venas tensas como si estuvieran gritando.
Labios entreabiertos que preanuncian gemidos.
Puños apretados que retienen gritos.
Labios apretados que sujetan corazones.
Antes también era ciego; ahora veo bocas...pero estoy sordo.
Este domingo decime “Efatá”, Señor, que me estoy perdiendo mucha música.
El silencio de mi ruido hace que me pierda la Vida.
Efatá.
Seguramente después podré comenzar a hablar con Tus Palabras.
Amén

Pablo, preparando el corazón para el domingo (Mc 7, 31-37)

agosto 28, 2006

¡Ahora viene lo mejor!

Ayer, domingo 27, llegó la ordenación.
Imposible describir lo que se siente y cómo se siente lo que se vive.
Lo que más me impactó: la alegría.
Varios cientos de miradas cargadas de una alegría inusitada. Muchos de ellos seguramente ni saben de qué se trata el diaconado permanente, pero sí, sin duda, percibieron y sintieron que algo que estaba más allá de nuestros límites estaba pasando.
Esa alegría expresada, abrazada, amasada con besos, lágrimas y apretones, es lo más parecido al cielo. Quizás lo más parecido que yo pueda reconocer. Gracias a todos los que estuvieron presentes, a todos los que rezaron y a todos los que hubieran querido estar, y de algún modo maravilloso, también estuvieron.
Agradezco a Dios mi vocación primeriza: el matrimonio. El regalo de una esposa dulce, comprometida e incondicional como Ale y de tres hijos maravillosos como Martín, Agus y Santi (en orden de aparición). Agradezco a Dios la generosidad de sus corazones que me colmaron de un amor que se desborda y grita ser entregado. Somos una familia en búsqueda, en lucha, en crecimiento y es en ese nido en el que esta vocación fue acogida, cuidada, alimentada y puesta por ellos al servicio de tantos que necesitan un pedacito de padre. El pedacito que podré dar como diácono es de ellos. La caricia que podré dar es suya y por ellos entregada a mis manos; el amor que tan mezquinamente podré repartir, es el de ellos. Ellos comparten más que yo. Ellos, me enseñan a ser generoso.
Gracias Ale, Tincho, Agus y Santi por enseñarme y dejarme ser.
Gracias, querido Jesús, por amarme desde mis amores y enseñarme a amar.
Perdón por mis límites. Gracias por tu perdón.
Dios me de el valor para que mi amor los haga tan libres como me hizo el de ellos.
Un papá diácono.
Pablo

agosto 22, 2006

Faltan pocos días

Nadie sirve pero todos somos imprescindibles.
Nadie basta por sí mismo, nadie “es” lo suficiente.
Estamos incompletos y nuestra plenitud solo se logra en la entrega y la puesta en común.
Capricho de Dios.
Cinco panes y dos pescados.
Yo pongo un pescado, cuando mucho, dos, nada más. Después viene el milagro.

Mi abuela, cuando era bien chico, sin darse cuenta me enseño algo de Dios. Cada vez que el cielo se ponía gris, ella se disponía a hacer panqueques; quizás esto pasaba muy de vez en cuando pero a mí me parecía siempre. Parada en la cocina al pié de la hornalla, comenzaba el rito de una masa suave que acariciaba con sus tenedores hasta dejar de seda. Luego, en la sartencita mínima iba volcando cantidades siempre justas y la fiesta empezaba. Yo, parado a su lado, simple observador, al deslizarse el primer panqueque en el plato, entraba en acción. Con la punta de los dedos tenía que ir tomando pizcas de azúcar y repartiéndolas prolijo en toda la superficie todos y cada uno de los panqueques. Al finalizar la tarea, ella con orgullo decía “hicimos”. Creo que nunca la escuché minimizar el trabajo con un “me ayudó”; hicimos, decía la abuela...y yo le creía.

Ahora que lo pienso, naturalmente que no necesitaba de mi ayuda, no.
Ella deseaba esa ayuda, porque la ayuda implicaba muchas más cosas que las pizcas de azúcar. Ayuda significaba encuentro, charla, dedicación, formación. La abuela no necesitaba que la ayude; deseaba que la ayude. La obra era luego entonces, compartida; no por necesidad, sí por decisión y deseo.

Me gusta imaginar a Dios como la abuela en una tarde de lluvia haciendo el reino. Mezclando la realidad con sus dos tenedores gastados y sus manitos huesudas, batiéndola hasta sacarle brillo; aprestando su sartén de hacer el mundo, y pidiéndonos ayuda. Invitándonos a ponerle una pizquita de azúcar que, casualmente, Él puso antes en nuestras manos, para que cada parte de la realidad del hombre sea perfecta. “Hicimos” dirá Él después. Hicimos. ¡Cuánta generosidad!. ¡Cuánto amor!.

No nos necesita Dios.
Eso es un gesto de amor impresionante para nosotros saber que no nos necesita. Saber que no nos necesita pero que somos imprescindibles.
Saber que nos ama tanto que posterga su verdadero plan para que nosotros podamos participar de Él. Que cambia el paso y nos espera. Algo así como que su plan, sin nosotros no se completa. ¿Necesarios? No. Pero en este capricho de amor, imprescindibles.

Habiendo podido crear un “solo” como lo hizo el primer día de la creación primera, con nosotros busca otra cosa. La sinfonía del Reino no se puede ejecutar sin las enésimas voces e instrumentos que Él mismo eligió. Cada una, cada uno, tiene un tiempo, un matiz, un sonido, un ritmo, un tono, un color, un timbre...cada uno, uno, único e irrepetible. Siempre, desde siempre, para siempre y hasta sea unísono.

No es un Reino completo el que necesita de nosotros.
No es un Dios limitado el que espera la fuerza del hombre.
El Reino es compartido por decisión del Dios comunidad para que esa comunidad-puesta-en-común sea constituida, integrada, conformada y fundida en y con nosotros; por eso Jesús no aparece desde las nubes montado en un trueno sentenciando los planes de Dios. Jesús es y se comparte al límite de lo divisible. Se comparte Él mismo en también enésimas partes siempre divisibles y siempre enésimas hasta que el hombre logre hacer sonar la sinfonía de Dios.

Todos imprescindibles.
Quizás lograr expresar esto sea el secreto para cambiar el mundo y transformarlo en Reino.

Tal vez, y sólo tal vez, el Reino sea ese lugar en el que nadie sobre y todos se sepan y reconozcan necesarios, imprescindibles. El reino de la cocina de Dios en el que cada uno “hace” mientras lleva su pizca de azúcar.
Pequeño detalle.

Los abuelos vivían en la casa de adelante. La cocina de ella daba a un patio y mi casa, comenzaba en ese patio y terminaba en el fondo. Seguramente muchas veces me llamó mientras comenzaba los panqueques y yo no la escuché. Seguramente, alguna vez la escuchó mi hermano y habrá sido él quién puso el azúcar. También es innegable que deben haber sido más las veces que nadie la escuchó y, finalmente, hizo toda una receta sola. Intuyo que siempre llamó, porque era tanto lo que disfrutaba compartiéndolo que no la veo haciendo sus panqueques en silencio para que nadie participe.

Una pizca de azúcar me está pidiendo Dios hoy.
Una pizca sobre cada panqueque para que ninguno quede soso.
Hicimos, dirá después. Siempre dice “hicimos”; y yo, hoy, entre mis juegos, mis ruidos, mi música, mis planes, digo SI. Voy al pié. Voy a Tus pies. Vos me invitas y yo acepto el convite. ¿Qué si dejo cosas de lado? Claro que sí. Pero quiero estar allí. Quiero mirarte a los ojos para que Vos, sin decir palabra y con un pestañeo, me digas “ahora”, para que frunciendo levemente el seño, me digas “basta”, para que sonriendo con la mirada me digas “está bien”. Quiero mirarte desde abajo y verte allí arriba pero cerca. Quiero decir que sí, porque me enamora el salir de Tu cocina lleno de olor a promesa de manjar. Llevar ese aroma a Cielo impregnado en la ropa y en las manos para que al pasar, todos en casa digan...¡hicieron panqueques!...y ya con el perfume se les vaya haciendo agua a la boca.

Tengo poco, Jesús, para entregar y lo sabés. No quiero ni puedo engañarte. También sé que amás lo pequeño y tu milagro favorito es hacer crecer las cosas, multiplicarlas. Sumar, multiplicar son tus signos. También creaste el repartir y nosotros, malinterpretando tus planes, inventamos dividir y restar.

Ya me mostraste milagros. Ya me permitiste poner en juego lo poco para hacerlo mucho. Ya me regalaste el amor y pese a mi egoísmo se hizo matrimonio y después, pese a mis retaceos, hijos, y mis chicos, pese a mis miserias, grandes. Ya me voy dando cuenta de quién sos. Por eso no me quiero quedar con nada.

Ya no tengo más vergüenza.
Un pescado.
Una pizca de tu azúcar.
Mis manos.

Hoy siento que querés mis manos para después decir “hicimos”. Y no lo siento ni por santo ni por místico. También vos, me lo enseñaste en el grito, el ruego, la alegría y la sonrisa de los otros. Me lo enseñaste cuando toqué sin querer y te sintieron a vos; cuando acaricié por descuido y se sintieron acariciados por vos. Cuando dije y resulto ser que dijiste, cuando conté, y resulto ser que contaste. Cuando escuché y escuchaste, cuando finalmente amé poquito y fuiste vos quién llenó el corazón.

Tengo una linda visión, Señor, de cómo actuas.
Una dulce intuición de cual es el modo en que hacés las cosas; por eso digo sí y quiero poder gritar el SI.

Conozco mi límite, querido Jesús, por eso te entrego ni nada, mi tope. Te ofrezco el “hasta donde llegue” para que lo lleves hasta dónde quieras. Tengo fe en vos. Creo en vos. Creo en Tu milagro.

Ofrezco poco, Señor, ofrezco lo que me atrevo a ofrecer. Recién dije un pescado, ahora digo, dos manos; podría decir mi voz; si fuera valiente, diría mi vida. Tengo tanta fe, Señor, que se que dos manos son inútiles para el mundo, pero para vos, son necesarias. Vos me lo hiciste creer. Vos me dijiste “denles ustedes de comer”.

Podría dejarme vencer por la desesperanza, pero no. Te vi; te vi muchas veces. Te veo muchas veces hacer el milagro y sé de lo que sos capaz. Por eso las quiero entregar y verte otra vez y mil veces más hacer de las tuyas.

A la abuela, le tiraba del delantal cuando hacía los panqueques. Ella sabía que un tironcito significaba “ya está” y que dos, en una de esas eran la señal para robarme alguno... Así me acerco a vos, Jesús, entre medio de la gente y los embrollos de la vida para tirarte del delantal, del manto, como la hemorroisa, con menos fe que ella, pero con mucha fe. Un tironcito nomás para avisarte que aquí estoy. Te muestro las manos (vos conocés mi corazón). Son estas dos nomás, Jesús. Éstas que sabés duras pero también tiernas, que has visto pecar pero también mimar. Éstas que hacen lo que no desean y desean hacer lo que no hacen. Éstas que no quieren hacer nunca más el mal. Éstas son las dos manos que te voy a entregar para que con ellas hagas... lo que gustes mandar.

Tengo la fe suficiente como para saber que después, el mundo no será igual. Que algo, en algún corazón, en alguna casa, alguna vida va a cambiar.
Tengo la certeza del milagro prometido y hago trampa, porque sé que el milagro se realiza. No quiero nunca más decir que no. Quiero decir siempre que sí.

Seguramente me llamaste muchas veces, Jesús, para que te ayude. Pero hoy te escuché. Quiero quedarme al lado tuyo para construir el Reino. Hoy sí, Jesús. Hoy me quiero quedar al lado tuyo.
Gracias por invitar.
Gracias por llamar.
Gracias, Padre bueno, por compartir.
Que se haga el milagro.
Amén.

Pablo a 7 días de la ordenación...

agosto 11, 2006

todo llega...

Después de varios años de camino, el próximo domingo 27 la Iglesia tendrá un nuevo servidor. ¡Diácono permanente....quién hubiera dicho!.
Todavía me avergüenza hasta pensarlo.
Lo único que me alienta es tener la misma sensación del primer día; todavía siento que me quedan cortos los brazos; que hay una noticia impresionante para dar y me revienta el pecho de ganas; que mis manos necesitan tocar, y que los que sufren, gritan al cielo para que los toquen; que Cristo hace fuerza para meterse en la multitud y no le hacen lugar; que se necesita creatividad para vencer la muchedumbre y bajar al paralítico desde el techo... qué se yo... que afuera hace frío; que el ruido debe dar lugar al anuncio... ¡tantas cosas!... sigo sintiendo tantas cosas, y lo que me tranquiliza es que ninguna de esas ellas “depende” de mí. Tengo bien claro quién soy y lo poco que aporto por eso veo cotidianamente el milagro: pongo dos pescados, Él le da de comer a muchos. Dos pescados que llevo arrumbados en el bolso. Él hace el milagro.
Sigo sintiendo que Dios me elige, no por dotado sino por gracia. Sigo confiando en que Él, con la elección manda la fuerza. Lo único que yo pongo es el sí; Él se ocupa del resto.
A quién lea este post, le encargo un rezo.
Cristo sigue llamando pescadores.
Cristo sigue resucitando pecadores.
Mi madera es rústica y espinosa...
Mi familia y quienes me conocen bien saben también que es dura y pesada.
Yo confío en que obre el milagro y Dios la haga más noble.
De lo que estoy seguro es que a servir para encender el fuego.
Es lo que tengo.
Es lo que doy.


Próximo a la ordenación...Pablo

julio 20, 2006

Un rato más tarde...

Me encanta esto del blog porque sos nadie.
Es como gritar en plena 9 de Julio y Corrientes a las 12.
Gritar fuerte en medio de la gente y que nadie escuche, pero con la certeza de que alguien puede escuchar.
No es grito estéril. Es grito, charla, susurro, confidencia...secreto.
Antes guardaba escritos en los cajones de casa. Un blog es como un cajón abierto al público. Casi como si uno guardara las cosas en privado con la intención de que alguien se anime al curioseo.
Me gusta bloguear.
Hoy, particularmente, me siento uno de esos predicadores que a veces andan por las plazas, parados en un banquito anunciando el Reino. Muchos pasan. Pocos, o casi nadie escucha. Él sigue anunciando a su modo.
Nadie lo ve.
Está bueno.
Así el grito no se ahoga en el pecho.
Quizás alguien escucha.
Así el grito no se ahoga.
Quizás alguien.
Así el grito.Quizás.

...por acá...¡atrás de las piedras!

Aproximación a Mc 6,30-34

Amontonados no es lo mismo que juntos.
Juntos, es más próximo a unidos.
Unidos es el plan de Dios.

En la des-unión está el peligro.
Soledad.
Falta de rumbo.
Peligro.
Miedo.
hambre.

Amontonados no es lo mismo.
La sociedad del Dios prescindible nos invita a des-unirnos, y nosotros, muchas veces aceptamos.

Nos des-unen entre otros (cada cual agregue sus separadores)
La injusticia.
El rencor.
La maldad.
Los celos.
La envidia.
Los intereses.
El egoísmo.
La soberbia.
La violencia.

Todos y en todas sus inagotables formas.
Etcéteras. Excusas. Justificaciones.
Miles de etcéteras que hacen cada vez más mella en esa común-unión deseada por Dios para hacer presente el Reino.

2000 años y seguimos des-unidos.
De a ratos, nos une el Pastor y luego, cuando se da vuelta, otra vez nos dispersamos. Sin embargo Él no deja de insistir.

No se desentiende del rebaño Jesús. Nos deja de a ratos para ir a buscar ovejas perdidas. ¡Qué paciente es!. Regresa con una y nos fuimos 20... y otra vez sale, y otra vez trae y otra vez otros otros volvimos a irnos.
¡Trabajo difícil el del Pastor!

En el revoltijo se mezclan lobos disfrazados de ovejas y ovejas, que disfrazándose de lobos salen al encuentro de su propia muerte.

Él va y vuelve.
Sale y regresa.
Siempre para lo mismo.
Siempre para regalarnos la vida; pastos tiernos, calor, seguridad, comprensión, amparo, tibieza...amor.

Sabe lo que nos pasa. El texto dice “se compadeció”. Por obvio y remanido no deja de ser música “padeció con nosotros”. Compartió y comparte la desgracia, la siente y vive en carne propia; es su dolor.

Nuestro Pastor se moja con la misma lluvia, sufre el mismo frío y come los mismos pastos; se aguanta las mismas injusticias y tolera los mismos golpes. Sabedor del extremo, soporta e invita.

También dice el texto “estuvo enseñándoles largo rato”.

Después del compadecerse viene el pastoreo. No el reto. El pastoreo.
- vayan por aquí.
- Quédense unidos.
- Aliméntense.
- Vístanse.
- Cuídense.
- AMÉNSE.

Enseñanza sencilla de pastor incansable.
Habrá que escuchar nomás.
De vez en cuando, dejar de balar y escuchar.
Es complicado andar solo.
Por allí lo veo venir entre la niebla.
Dejo de escribir porque necesito las manos para hacerle señas.
Quiero volver al rebaño.
¡Qué suerte que otra vez viene al encuentro!
¿suerte?
Gracia.
¡Gracias!

Pablo Muttini

julio 07, 2006

¿No es este el carpintero?

Mc 6, 1-6a

Lectura fuerte.
Comprensible, podría decirse sin entrar muy en detalle.
“Nadie es profeta en su tierra” es una frase que nos endulza los oídos. ¡Tantas veces nos sentimos así! Tantas no escuchados. Tantas ignorados. Interpretación válida, sin dudas, pero hoy siento, incompleta.

Después de releerla, creo que Jesús pone a prueba mi fe.
El Dios en el que creo no necesariamente es el que quiero.
El Dios que quiero, no necesariamente es el Dios en el que debo creer.

¿Estoy dispuesto a creer en el carpintero?
Manos callosas.
Manos sangrantes.
Sudor y lágrimas.

¿Es el carpintero el que me va mostrar el camino y se va a hacer camino, luz y vida?
Siempre de a pie.
Comiendo con cualquiera.
Pobre.
Alegre.
Humilde.
Sencillo.

¿Son las palabras simples del Carpintero las que van a resignificar mi vida?
Toquen.
Amen.
Den de comer.
Visiten.
Curen.
Incluyan.

¿Puedo soportar la simpleza de un Dios tan cercano?
¡Cómo incomoda a veces sentirlo así de próximo!, porque si lo dejo allá, en el cielo, está todo bien. Basta con esconderme un poco cuando hago las cosas mal y listo; total...está tan lejos... Pero, si creo en el carpintero, la cosa se pone más difícil. ¡Está tan próximo!, me resulta tan conocido...si hasta sé quienes son sus amigos y parientes. Ese Dios me complica la vida.

Al Dios del cielo puedo hacer de cuenta que no lo escucho. Al Dios de al lado, para dejar de escucharlo tengo que gritar, o poner fuerte la música, o simplemente, negarlo.

Creo que lo que me sorprende esta lectura es todo lo que me aclara de la Trinidad.

Me sorprende ver a Dios entre nosotros. Es una presencia demasiado fuerte, que, como decía antes, puede resultar incómoda.

Un Dios así de cercano me obligaría a transformar mi realidad. Mis realidades. Mis mundos en los que no tengo ningún lugar reservado para Él.

El Carpintero no espera ritos fantásticos, mesas fastuosas, ni lujos, ni nada. Me quiere a mí en mi desnudez cotidiana, sin formalidades, sin trabas.

No me da tiempo para prepararme. No me ignora hasta que me decida. Su opción es más crucial: hoy, ahora, siempre, en todo momento, en cualquiera, en cualquier lugar. Ya. Si quiero, ya. Pero siempre ya.

Es muy dulce escuchar al Dios de las cosas indecibles, diciéndolas del modo más sencillo.

Es muy esperanzador que Él elija la sencillez posible, como signo de Su Presencia.

Muy sanador que nos ame tanto, que incluso, pueda amar en nuestro idioma.

Sentate en mi mesa, Carpintero, que estoy cansado y necesito que me digas la Verdad.
Prestame tu manta, Carpintero, que tengo frío.
Dame una mano con esto, Carpintero, que hoy se me cansaron los brazos.

Ahora sí, ¡Gracias!

Pablo Muttini / Lectura del domingo 9 de Julio de 2006

junio 02, 2006

Venga a nosotros Tu Reino

Vivir Pentecostés es posible.
No es la fiesta de los superdotados. Tampoco la fiesta de los santos iluminados. Mucho menos, la de los sabios, o los genios, o de los más formados.
Pentecostés es fiesta de promesa cumplida. Fiesta de pueblo. Casi podría decirse que fiesta de reconciliación.
Dios mira nuevamente al hombre y vuelve a apostar. Redobla la jugada y compromete aún más. Ahora ya no es tiempo de seguir esperando, ahora hay que esforzarse duro para terminar de crear el mundo.
Pentecostés es fiesta de todos, no de unos pocos.
Dones regalados para ser puestos en juego.
Regalados, no merecidos.
Amor que nos invita a contagiar Dios a los cuatro vientos.
Sanando, perdonando, tocando, amando.
Contagio que necesita irremediablemente que nosotros estemos gloriosamente enfermos para poder contagiar. Tan enfermos como estamos de la vida. Tan llenos de esa enfermedad como estamos de aliento.
Pero claro, la muerte no se queda de brazos cruzados. No quiere dejarse birlar tantos seguidores y rápidamente buscó un antídoto.
Para cada don hay un antídoto.
Para cada mandato, para cada envío, para cada compromiso, hay un antídoto infalible.
Envidia, odio, egoísmo, por ejemplo, son una combinación casi perfecta para disolver esa Iglesia que Cristo funda en Pentecostés. Podría nombrar más, claro; podría hablar de poder, de celos, de vanagloria, qué se yo, muchos más, pero los tres primeros son casi fundacionales. Son los tres perros rabiosos que nos vienen persiguiendo desde Caín y Abel y que todavía tienen aliento y tienen carne para comer en su camino de furia.
Pentecostés se disuelve si no nos damos cuenta de esto.
Las comunidades se disuelven, las familias se disuelven, se disuelven las parroquias y también, lentamente, se disuelve la Iglesia en la que Jesús nos enseño a entregar la vida en la confianza de que no está dicha la última palabra.
Lo del Espíritu Santo parece un hechizo, si no le permito transformar toda mi vida. Los sacramentos, un recuerdo, una historia, una conmemoración.
Jesús nos invita al misterio de la Trinidad para que sintamos y vivamos una presencia que no puede ser silenciada ni ocultada.
Pentecostés debería ser la fiesta del principio del fin. El hito, a partir del cual, el mundo comienza a cambiar y divinizarse. El día en el cual se acaban las excusas, se derrumban los “no puedo” y crecen con fuerza irrefrenable los sí.
En la Ascensión, no nos deja solos. Paradójico para nosotros. Juntos, todos juntos, nos quedamos mirando para arriba. ¡Juntos!.
En Pentecostés, reparte a todos y a cada uno los dones para que jamás estemos solos. Para que nunca más nadie se sienta que en el mundo está solo. Sin embargo, el antídoto muchas veces funciona y funciona bien: nos guardamos los dones, nos instalamos y evitamos el desafío del envío; nos negamos a sanar y tocar a los enfermos; separamos a los “malos”. Corremos a los leprosos. Lapidamos a los pecadores. Vamos y venimos haciendo de cuenta que vamos, pero en realidad, venimos.
Proclamamos sólo en los ambientes en los que no nos van a gritar “borrachos”, y también allí tenemos cuidado de que no nos tomen por locos.
Pescamos en la pecera en vez de arriesgarnos mar adentro.
Locura de amor es lo que falta.
¡Si verdaderamente nos diéramos cuenta de lo que nos pide Jesús!
¡Si tomáramos conciencia de la tarea que nos comparte Dios en Pentecostés!
¡Si nos dejáramos llevar por el Espíritu y saliéramos al mundo a gritar la Noticia!...Qué distinto sería todo. ¡Qué distinto puede ser todo!
Si yo, inspirado por el Espíritu, mañana hablara de Dios en mi vida, en mis actos, en todos mis mundos y en todas las lenguas que hablo, ¡cuánta gente escucharía esperanza!.
Si mis manos no se frenaran antes de tocar a quién necesita ser tocado, ni dejaran de dar lo que debe ser dado, ¡qué cambio se produciría!. Imagínense: manejar como Dios manda, trabajar como Dios manda, administrar bienes como Dios manda, ser jefe como Dios manda, ser esposos, hijos, padres, como Dios manda. Ser Iglesia como Dios manda y abrir las puertas, también como Dios manda. Locura de amor. Locura de Pentecostés. El cielo en la tierra. Anticipo del Reino presente.
Pidamos en Pentecostés la fuerza para vencer la tentación de los antídotos. Dejémonos contagiar por el Espíritu y salgamos a contagiar al mundo.
Tenemos que vencer, nada más ni nada menos que la salud de la certeza de la muerte, pero no estamos solos, ya no: la muerte no tiene la última palabra. Jesús está con nosotros. Jesús se hace nosotros. Nosotros estamos en Él. Nosotros somos Él para los que no lo conocen.
No estamos solos.
El Espíritu está con nosotros.
Desde ahora, nada es imposible.
Todo se puede soñar.
Todo se puede hacer.
¡Vino a nosotros Su Reino!

Pablo Muttini / Pentecostés 2006

mayo 24, 2006

Esperando al Mesías

Si alguna vez intentáramos cambiar el mundo, el mundo cambiaría.
Si dejáramos de hablar de los pobres y nos dedicáramos a hablar con los pobres, el mundo cambiaría.
Si dejáramos de hablar de los pecadores y habláramos con franqueza de igual a igual, el mundo cambiaría.
Si pensáramos que vos también tenés derecho a veranear dónde yo veraneo, tomar el vino que yo tomo, manejar el auto que yo manejo; que a vos también te gusta vestirte bien, dormir en una cama caliente y comer variado, el mundo sería distinto.
Si fuera tan educado con el chico que se me acerca a la ventanilla como lo soy con el poderoso...
El mundo no cambia porque nosotros no lo cambiamos.
El mundo no es sordo, lo que sucede es que no tiene a quién escuchar.
Estamos mudos. Él no está sordo.
De vez en cuando un grito no es clamor.
De vez en cuando una Madre Teresa no es multitud.
El mundo sigue la ley natural: pez grande que se come al chico; carnívoro que almuerza herbívoro, y allí vamos. Y así estamos. Pero está mal. Pero es normal. El hombre debe seguir la ley de Dios, y sin embargo, vive según la ley natural.
Ayer hablaba de anuncio, hoy me siento llamado a hablar de denuncia, de profecía, entonces, entiendo todo.
En la denuncia leo martirio.
Entiendo el silencio porque se me ilumina el “vine a traer la espada”. Entiendo así y solo así la veneración de la cruz del Cristo muerto.
Porque el cristiano mudo es el cristiano que llegó tarde al calvario y se quedó viendo el espectáculo. La masa que entre dolida e intrigada pasó frente a la cruz vacía y ensangrentada. La multitud que escuchó eso de la resurrección como un cuento. El grupo que le gritó borracho a Pedro.
Entiendo el Código Da Vinci y entiendo la búsqueda a ciegas.
Si nos creemos que estamos llamados a ganarnos el cielo, vamos mal.
¿Ganarnos? ¿Qué deberíamos hacer para comprar a Dios?.
Jesús no vino a ganarse el cielo: vino a cambiar el mundo y nosotros, somos seguidores de Cristo. Continuadores. Imitadores. Deberíamos constantemente vivir el desafío del cambio posible. Lo del cielo es cosa de Dios. El mundo deshumanizado es cosa nuestra.
La injusticia no es obra de Dios. La iniquidad tampoco. El odio, la envidia, el abandono, no son obra de Dios.
Jesús vino a mostrarnos cómo vencer esos flagelos y nosotros, después de dos mil años seguimos simplificando el plan. Trajo el Reino para comenzar a vivirlo hoy, y nos quedamos en la anécdota.
Nos merecemos el Código Da Vinci.
Quizás los muchos millones de lectores y muchos millones de espectadores, estén esperando al Mesías.
Se ve que no pudimos todavía mostrarles a Cristo.
“Hagan esto en memoria mía”.
¿Qué nos rememora comernos a Cristo? ¿Qué mueve en nosotros? ¿A qué Cristo volvemos a la vida al permitirle hacerse vida en nosotros?.
El pueblo, en tiempos de Jesús, esperaba otro Mesías; uno que lo liberara de todos los sufrimientos y toda opresión. Quizás hoy nosotros estemos igual y sigamos esperando.
Espera rara: cruzados de brazos contando cosas lindas. Esperando también al Mesías poderoso que nos libere de nuestras más ligadas ataduras. Que nos libere Él.
Esperando un mago.
Esperamos en vano.
Matamos y morimos en vano.
El Mesías ya llegó.
El Cristo ya está entre nosotros. Ahora hay que actuar.
El que tenga oídos para oír que oiga.
Afuera, hace rato que hay llanto y rechinar de dientes.
Si nosotros no cambiamos el mundo, el mundo no cambia. No es maldad, es que no sabe cómo.
¿Vos, podrás cambiar tu mundo?

Pablo Muttini

abril 21, 2006

¿Puedo dudar de Jesús?

Te puedo creer si necesidad de amarte, pero no puedo amarte si no te creo.
Amar no es requisito para creer, pero creer sí es un requisito para amar.
Intrincado.
Complicado.
Sencillo.
Creerte no me involucra con vos. Simplemente te creo y es suficiente.
Puedo creerte y no amarte.
Amarte me involucra tanto que sólo es posible si te tengo una confianza plena y ciega.
Creerte puede ser un primer paso, pero un primer paso que es parte del camino hacia el amarte. Imposible de separar del amarte, pero pasible de ser dado hasta allí y punto. Puedo creerte y nada más.
Creer no es lo mismo que confiar.
Confiar es el segundo paso en el camino del amar.
Primero creo. Después, porque creo, confío. Quizás, más tarde amo.
Pero no siempre se da así; a veces se ama primero, y por el amor se recorre en un instante todo el camino del creer y del confiar.
Porque cuando te amo no queda lugar en mi corazón para dudar de vos.
Jesús, por ejemplo, primero nos amó. Sin muchas vueltas, sin reservas, sin dudas.
Nosotros nos esforzamos por creer en Él.
Nuestra búsqueda, generalmente, es la fe, no el amor.
Gran diferencia.
Camino, sin dudas, pero gran diferencia.
Tomás decía que lo amaba... pero no le creía (Jn 20: 19-30). Estaba en camino pero no era suficiente. Jesús sentencia: “¡felices los que creen si haber visto!”, y es lógico, habla de quienes lo aman; a ellos llama “felices”.
Si te amo no necesito pruebas. Solo me basta mi amor que se desborda y la certeza del tuyo que me baña. Pedir pruebas es otra cosa.
Puedo pedir pruebas por dos motivos: curiosidad o búsqueda. La curiosidad no me lleva al amor. Es un falso camino que me acerca más a la intriga y el chusmerío que al conocerte profundamente.
La búsqueda es camino. Pido pruebas porque todavía no te amo, porque necesito creer en vos, para poder confiar, para luego, poder entregarme de lleno al amor.
Quizás pido pruebas porque todavía no me dejé amar; pero necesito esas pruebas para sentirme seguro.
“Papá, estás allí”...uno escucha muchas veces preguntar a sus hijos. ¿Dudan que estemos?, no. Quieren que les confirmemos que allí estamos. Esa duda es búsqueda.
¿Puedo tocarte el costado?
Dios nos ayude a vivir este tiempo Pascual convirtiendo nuestra duda-curiosidad en duda-camino-de-amor.
“¡Felices los que creen sin ver!”, proclama Jesús.
Me atrevo a rezar: ¡Felices los que dudan para poder amar!

Nota:
Ahora reconozco que muchos de nosotros le creemos a Jesús pero no lo amamos; incluso, como Iglesia, algunas veces (más de las deseadas) anunciamos la Verdad de Jesús, que creemos por la fe, pero no testimoniamos el amor de Jesús, que deberíamos vivir en nuestro corazón. El resultado: transmitimos correctamente el mensaje pero no hacemos presente el Reino.
Jesús pide testigos, no maestros. Testigo es quién ha estado presente o ha vivido algo y puede dar testimonio de ello.
Testigos, no maestros. (Mt 23, 8-10).-
Creer para amar.
Amar para gritar que es cierto.
Vivir para ser testimonio.
Dudar para poder amar.Amar para no dudar más.


Pablo Muttini / 2º Domingo de Pascua

abril 12, 2006

Una fábula... para ver si ayuda

La paloma era muy elegante. Típico de paloma torcaza. Esbelta, de un gris perlado que se confundía con las nubes al volar; de una suavidad, que se trenzaba con el viento al planear.
Mirada por todos, mimada por muchos y deseada abiertamente por varios, la paloma se paseaba de rama en rama entre sus admiradores.
Un cierto día, apareció como de la nada un nuevo competidor y aquí comienza la historia.
Palomo fuerte, de plumas brillantes y cabeza erguida, el mensajero en minutos logró conquistar el corazón de la torcaza. Desde ese momento, para ella todo cambió y todo tuvo otro color.
Vuelos eternos, atardeceres repletos de miel, reparos de arrumacos en la lluvia. Una nueva vida.
Ambos habían logrado sintetizar algo muy parecido al verdadero amor.
Pero claro, nada por estos lares dura para siempre.
Mensajero, cierta mañana llegó al nido de torcaza con un ramo de flores, una carta y cubriéndola con sus alas fornidas le anunció lo inevitable. Ella sabía que alguna vez pasaría, así que sin mezquinar lágrimas, lloró su partida desde la dulce certeza de una presencia que no olvidaría jamás.
Cosas de palomas.
Las flores durante varios días estuvieron frescas.
Luego las fue recortando el tallo para atrasar el marchite.
Finalmente se marchitaron y durante mucho, muchísimo tiempo, quedaron en ese florero, el mejor, el más grande, justo allí en la mesa ratona del living.
Tantos recuerdos...
Tanto significaban esas flores.
¡Qué importancia tenía que estuvieran marchitas!
Con la primera primavera apareció otro palomo. Claro está que nada tenía que ver con el mensajero. Ella no estaba preparada todavía.
Con la segunda, otro, y con la tercera, y con la cuarta. No era momento.
Llegó la quinta primavera y un también quinto palomo golpeó su corazón y su puerta.
Lindos vuelos, hermosos atardeceres, amaneceres de fuego. También lluvia y también arrumacos.
"Parece"...se decía la paloma..."sólo parece".
Una buena mañana, el palomo tomó coraje y llegó hasta la casa de su amada. La intención, proponerle formar una familia. Fuerte intención.
Obligatorio ramo de flores en mano, ni bien ella abrió la puerta, él se abalanzó torpe a tratar de explicar lo obvio. Ella lo sabía y el también sabía que ella lo sabía, razón por la cual se entrecruzaron palabras balbuceadas y finalmente, llegó el beso y con el beso el sí. ¡Todo un logro!
El palmo pasó, ella le invitó un té. Él aceptó. Ella lo sirvió y charlaron. Largo rato. De planes, de miedos, de esperanzas.
Las flores estaban mientras tanto sobre el sillón, y allí quedaron.
Al cerrar la puerta, la torcaza sintió después de muchos años que algo trascendente en su vida había pasado: ¿otra vez el amor?. Amor de ese que a ella le gustaba y deseaba vivir. ¿Era posible?.
Levantó la mesa, acomodó las sillas y al pasar por el living vio las flores en el sillón. Rápido se dispuso a buscar el florero, pero claro, aquellas rosas marchitas del mensajero todavía estaban allí. Dudo. Dudó mucho y finalmente volvió a colocarlo en su lugar. Seguramente encontraría otro recipiente.
A la mañana siguiente, tres o cuatro nuevas rosas se habían caído del vaso que improvisaba florero. Las contempló con pena pero claro, ya no había nada que hacer: estaban marchitas.
Se acercó nuevamente al florero decidida esta vez: tendría que cambiar las flores. Pero los años no habían pasado en vano. Dudo. Dudo mucho otra vez.
A la tarde ya seis flores había perdido y entonces ahí sí tomó la decisión.
Primero se encaminó decidida a tirarlas, luego, cuando las tuvo en la mano, buscó un gran libro en la biblioteca y colocó las más enteras entre sus hojas.
Desocupado el florero nuevamente el living se llenó de aroma y color.
Nuevamente se llenó su vida, de amor.


Moraleja:
Mientras los recuerdos - por buenos que sean - no estén en su lugar, te pueden impedir vivir en plenitud el presente.


La Pascua también es tiempo para esto. Para pedirle a Jesús que nos ayude a vaciar los floreros, en la certeza de que Él guardará en el mejor lugar las flores marchitas. Así quedará lugar para la vida. Así los recuerdos serán historia dulce, y no, carga.
Gracias, P. Luis por haberme invitado a rezar estas cosas.
Gracias Señor, por tener siempre dispuesto un pastor para tu rebaño.
Pablo Muttini

abril 11, 2006

¿Dónde estaré los próximos días?

Pensaba antes en el grito. En el gritar desde la multitud ¡Crucifíquenlo!.
Confieso que me dolió bastante reconocer cuántas veces lo grito; entonces, voy tratando de buscar otro lugar. En principio otro por lo menos. Otro diferente que nos sea, claro está, el lugar del que lo flagela o del que lo crucifica.
Quizás me quede entre la multitud viéndolo pasar una vez más, pero no, quiero llegar al lugar sencillo del pecador.
Al lugar del error, no al de la maldad.
¿Será mucho pedir?
Quiero sentirme plenamente equivocado en mis errores.
Llegar al lugar del pecador arrepentido o vergonzante. Del que se esconde o bien del que siente con el corazón rasgado que se está viviendo una verdadera atrocidad.
Al lugar de ese pecador que al verlo sufrir, se sorprende y siente que ese sufrimiento lo representa y redime, y que el domingo, confirma que ese sufrimiento lo representa y resucita.
Vivir esta Pascua con inocencia.
Sorprenderme con el convite de la cena.
Pedirle que no me lave los pies.
No entender qué me quiere decir.
Verlo partir hacia el calvario y desear estar en su lugar...pero no poder, por no querer.
Entre medio, redimensionar mi vida.
Frente a cada latigazo, redimensionar mi vida y mi muerte.
Frente a cada dolor, arrepentirme de tantos dolores que he infringido.
Frente a la cruz desear mi muerte en vez de la suya...pero no entregarme.
Frente a la resurrección, agradecer su entrega y renovar mi vida.
Una vida que lleve a la vida.
Ya vendrá el tiempo de otras cosas.
Ya llegará Pentecostés.
Ya Él me dará la fuerza para poderlo contar.
Por ahora, sencillo: desde el lugar del pecador arrepentido, intentar una Pascua distinta.
Pablo Muttini

Comentarios

Si alguien quiere hacer comentarios, bienvenidos. Ya está solucionado el tema y ahora es más sencillo.
Simplemente, luego de llenar el campo de texto, fíjense debajo que dice "Elegir identidad". Allí hay que tildar la opción "otros" y automáticamente se habilita el campo para ingresar nada más que el nombre.
Gracias y seguimos en contacto.
Una más: me alegra mucho que tantos se hayan "prendido". Será de Dios si este espacio sirve para que podamos reflexionar y crecer.
Abrazo
Pablo

...desde La Trapa, Cefe, el monje...

El querido hermano Ceferino, desde el Monasterio Trapense de Azul, se "prendió" rápidamente al blog y aporta esta reflexión. Que la disfruten!


El Reino y la sabiduría del Descanso
(Borrador privado corregible: 22/01/06: Domingo III, Mc 1, 14-20)

El Reino de Dios se ha acercado. Retornen al Padre y crean en la Buena Noticia. El Reino oculto ahora como una semilla, pero con la energía prodigiosa de comenzar a transfigurar a quien se convierte, o sea, cambie su manera de valorizar las cosas retornando a Dios, por la obediencia de la fe en el Misterio de la Buena Noticia que anuncia Jesús el Judío; caminando junto al lago, por esa Galilea marginada del Imperio y aún de Israel.
El griego de Marcos para conversión es metánoia: transmentalización, Jesús, tal vez la dijo en arameo Shuv: Retornar. Para los judíos retornar a Dios marca la libertad y la Alianza. Para los griegos cambiar de mentalidad marca lo personal y racional; ambos conceptos se integran en esa Galilea de los gentiles, fronteriza y liminal con tantas lenguas.
Aquí Jesús, aunque en forma velada para evitar falsas interpretaciones del Reino, nos está diciendo que su forma de vida es mesiánica, él es el Cristo, el Ungido con el Espíritu, para proclamar el Evangelio o la Buena Noticia de una esperanza gozosa, histórica y trascendente. Toda la vida de Jesús es incomprensible sin este mensaje del Reino de Dios que es Amor de entrega hacia todos los seres humanos y el universo para liberarnos de la mentira, la malicia, y la fealdad introduciéndonos en la Nueva Creación de su Reino.
Y una de sus Buenas Noticias que hoy necesitamos con urgencia los hombres en este inicio del siglo XXI es la del Descanso, para liberarnos de la mentira del trabajo excesivo ansioso urgente hiperquinético eficientista y existista; de la malicia del cansancio depresivo que llega al 40% en ciudades, que mina la salud, destruye las relaciones familiares y corroe la espiritualidad; y de la fealdad de rostros tensos, tristes preocupados, hoscos y agitados.
Porque en mi rostro está todo. Mi historia, mi madre, mi padre, mis abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, y hasta toda la historia de la evolución genética, en cromosomas con designio inteligente, desde los minerales vegetales y animales. Mi rostro muestra mi temperamento y carácter, las cosas buenas y malas que he recibido de mis antepasados. En que ambientes y culturas me he movido. Y que opciones libres, de vicios y virtudes, hice en el camino de mi vida, la calma y el gozo sereno y saludable o el desasosiego angustiado y enfermizo.
Muchos hemos olvidado el tercer mandamiento: Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo, porque el Hijo del hombre es Señor del sábado.
Como ya murió, puedo contarles que una vez escandalicé a un hermano monje cuando le dije, mientras él dormitaba, que yo no sabía descansar, que era imperioso que aprendiera a descansar. Siendo yo el más vago en este monasterio me miró estupefacto, me lanzó una mirada de conmiseración y exclamó: Nunca te vi extenuado, sería mejor que trabajaras mucho más, los trapenses no tenemos vacaciones, sólo descansamos cambiando de trabajo.
Le retruqué, ya que nos queríamos: No hay dos rostros iguales. Es verdad, en seis días el Señor hizo el cielo y la tierra, pero el séptimo descansó. Yo era esclavo en Egipto, pero Dios me liberó con mano fuerte y brazo poderoso, y me mandó guardar el descanso del sábado. Me concedió un respiro, un día de protesta contra las esclavitudes del trabajo, el culto al dinero y al mercado salvaje. El Descanso es también signo de la Alianza, como lo es el arco iris, la circuncisión o la Eucaristía. Y la mística quietud también es cisterciense.
Pero él, al terminar su sueñito trapense, pontificó zanjando: Te basta el Domingo. Decidí no seguir su consejo, porque soy monje presbítero, y los Domingos, de por sí Días del Señor, en la Misa, la alegría y el ocio, son los días más agotadores para los que ejercemos el sacerdocio. Y yo debía trabajar: Para hacer que también los demás, sobre todo los pobres, recobraran aliento. Y descansar: Las vacaciones diarias, mensuales y anuales son salvíficas.
Una cierto consumismo nos ha hecho centrarnos en el esfuerzo del tiempo productivo olvidando que su sujeto y sentido no puede ser otro que la persona, armoniosa en su trabajo y contenta en su descanso. Hoy casi nadie es reconocido por su capacidad de reposar, contemplar, dialogar con sus amigos, pasear con ocio creativo, jugar, no hacer nada. Si no se está haciendo algo redituable con apremios y esfuerzos, uno es un inútil o un subsidiado. Podemos equivocar los caminos de la sabiduría del Reino: No conocieron mis caminos, por eso dije jamás entrarán en mi Descanso. No obstante si Hoy escuchan mi voz podrán entrar en ese Descanso. Porque si Josué hubiera introducido a los israelitas en el Descanso, Yo tu Dios, no habría hablado de otro Hoy. Queda reservado un Descanso para el Pueblo de Dios. Y aquel que entra en el Descanso de Dios, descansa de sus trabajos como Dios descansó de los suyos. Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán el Descanso para sus psicologías estresadas, la enfermedad del siglo. El Reino de Dios se ha acercado. Dejemos de evadirnos de nosotros mismos y retornemos al Evangelio del Descanso: Transparentaremos algo más el Rostro de Cristo nuestra quietud.

abril 10, 2006

Llegando a la Pascua

¡Crucifíquenlo!

No solo tengo que morir con Cristo.
No.
La Pascua no es tan sencilla.
¿Sencilla? ¿Morir al pecado es sencillo?. No
Pero es más difícil aún dejar de gritar ¡Crucifíquenlo!
Ojala fuéramos simplemente pecadores.
Dios mediante, podríamos convertirnos en pecadores arrepentidos y tendríamos Pascua y paz.
Ojala.
¡Crucifíquenlo!
Eso suena fuerte.
¡Crucifíquenlo!
Desde nuestra vida, muchas veces somos más que pecadores; somos agitadores y promotores de la muerte de Cristo. De todas las muertes.
Muertos matando.
¡Crucifíquenlo!
Un paso superador de la maldad: ¡Crucifíquenlo!
Jesús me sigue incomodando hoy.
¡Crucifíquenlo!
Grito ¡Crucifíquenlo! seguido.
Lo grito de mil formas distintas.
Lo grito y grabo en corazones, memorias, personas.
¡Crucifíquenlo!
A Jesús no lo mató el pecado del mundo: lo mató nuestro grito, expresión de un equívoco todavía vigente.
¡Crucifíquenlo!
El pecado es inofensivo para Dios. Él puede vencerlo y lo venció. La muerte, expresión máxima del mal, reino del Príncipe de este mundo, es inofensiva para Él.
¡Crucifíquenlo!
Mato y peco.
Cuando grito mato y peco.
Siempre mato.
Detrás viene Cristo pintando de Pascua. Pero yo mato e insisto.
¡Crucifíquenlo!
Te ignoro y grito.
¡Crucifíquenlo!
Te abandono y grito.
¡Crucifíquenlo!
Te discrimino y grito.
¡Crucifíquenlo!
Te pisoteo, te burlo, te exploto, te pego, te insulto, y grito.
¡Crucifíquenlo!
Pecar es casi un error. Hasta podría decir, un error pasivo.
Gritar ¡Crucifíquenlo! es mucho más que eso. Es aceptar formar parte de la multitud y desear la muerte de Jesús. Tu muerte. Muerte verdadera y sin Pascua. Muerte final.
Gritar es insistir encaprichadamente y promover un estado de cosas que no nos cuestione, que no nos movilice, que no transforme el mundo.
Jesús sigue muriendo hoy no por causa de nuestros pecados, sino lo que es más grave, por causa de nuestro grito.
¡Crucifíquenlo!
Claro que vuelve a dar la vida.
Sin duda que carga con nuestros dolores, horrores, errores, culpas y heridas, pero lo vuelve a matar, lo machaca y clava en la cruz, nuestro grito.
¡Crucifíquenlo!
El primer desafío a enfrentar en Pascua debería ser dejar de gritar.
El pecado tiene remedio. El grito no.
Prefiero a Barrabás: él no me cuestiona.
¡Crucifíquenlo!
Como humanidad, cuando acepto pasivamente una desigualdad descarnada, grito
¡Crucifíquenlo!
Prefiero a Barrabás: yo soy mejor que él.
¡Crucifíquenlo!
Como argentino, cuando esquivo esa desigualdad descarnada y la miro detrás de una ventanilla o por sobre el alambrado de mi casa, grito ¡Crucifíquenlo!
Como hombre, cuando privilegio mi propio interés al de mis amores, cuando abandono dulcemente a mi familia, cuando no les presto atención, cuando los desatiendo, cuando los traiciono, grito ¡Crucifíquenlo!
Como Iglesia, cuando me contento pensando que estoy del lado de los salvados, grito
¡Crucifíquenlo!

Y finalmente se cumple.

Finalmente llega la Pascua, no por el pecado, sino por el grito.
La Pascua lava el pecado, pero el grito sigue. Y más fuerte.
Grito al aceptar y promover la explotación del hombre.
Al permitir y deleitarme con la cosificación de la mujer.
Al consumir como un enfermo.
Al ambicionar más de lo que podría gastar en tres vidas.
Grito.
Si soy deshonesto, grito.
Si te mato la esperanza, grito.
Si, grito mucho. Demasiado se escucha el atronador ¡Crucifíquenlo!
Quizás debería pedir en esta Pascua que Jesús me ayude a ser nada más que un pecador.
Seguro tengo que pedir en esta Pascua, que me regale la fuerza para vencer los deseos de gritar.
Que me saque de la multitud.
Que me tape la boca.
Que me amordace. Así mi corazón deja de desear el grito, y comienza a vivir la paz.
Que la Pascua me regale la paz del silencio.
Dios quiera que podamos parar de gritar.
Se terminaría la muerte.
Ganaría la vida y no tendría necesidad de probarlo más.
Ya no sería necesario morir para poder resucitar.
Estaríamos vivos.
Vivos.

Pablo Muttini