enero 11, 2007

Bodas y milagro

Rezando con Juan 2, 1-11

Hasta que no se agota el vino, no hay lugar para el milagro.
Mientras las jarras están llenas, es innecesario el milagro.
Vivo con alegría inconsciente la abundancia finita.
Mientras haya vino, ¿para qué?
Estamos de fiesta.
Esta es mí fiesta.
Mi fiesta. Mi vino. Mi alegría.

Pero, en algún momento se vacía la jarra.
Con suerte, una. Muchas veces, todas.
Jesús siempre está; siempre estuvo.
Todavía no ha llegado su hora. Mi hora.

Tiempo de milagro es tiempo de entrega.
Reconozco mi jarra vacía y ya nada más puedo hacer.
Se va acabar la fiesta. Sin vino no hay festejo.
Levanto la cabeza preocupado y miro el entorno.
Nadie se dio cuenta todavía.
Todos siguen festejando.
También ellos creen que el vaso nunca se acabará.
Todos siguen festejando menos yo.
¡Alguien me vio! (Mejor tapo la jarra). Mejor salgo un rato a pensar.
No me animo a pedir, pero pido.
¡Alguien se dio cuenta!
¿Habrá llegado mi hora?
Entonces llegó Su hora.
¿Pero, a quién se le ocurre servir el vino bueno después del malo?
¡Que siga la fiesta!
Otra fiesta. Distinta. Muy distinta.
Yo no fui.
Fue Él.
Fue Ella.
Fueron Ellos.
Milagro.
Ahora voy a servir.
¡Ahora sí ponderen el vino!

Virgencita buena, te pido que me ayudes a mantenerme atento a las jarras de quienes me rodean; que me eduques en la constancia para pedir con valor e insistencia, y cuando llegue el momento en que indiques “hace lo que Él te diga”...yo vaya, y si no voy, me lleves.
Amén

diciembre 30, 2006

Culpables

Confieso que me asustó bastante.
2006 se despide con un ahorcado.
La palabra es "susto". Por todo.
¿ alguien apetece otro canibal...?
Dios nos ayude...por todo.
Dios nos perdone...por todo.
Amén

diciembre 28, 2006

Inocentes

Herodes decapitó inocentes por miedo a perder su poder.
¿Cuántas inocencias e inocentes habré decapitado yo para conservar el mío?
Ven Señor Jesús.
Amén

diciembre 27, 2006

Ya pasaron tres días

Frente al recién nacido hay dos momentos muy marcados:
La contemplación y la acción.
Los bebés son de una hermosura inusitada para los adultos.
Sus proporciones, su piel, su fragilidad contrastan la vida que les estalla dentro.
Contemplación.
Mirar el milagro.
Un lugar imperdible.
Pero todo esto no sucede mágicamente. El recién nacido requiere de un cuidado constante, esmerado, dedicado, casi excluyente. No es sencillo tener un recién nacido en casa. Las noches, por lo general (y con suerte), se duermen de a ratos; el llanto avisa de cualquier incomodidad y gatilla preocupaciones y dudas respecto de qué hacer; se cambian pañales, se limpia, lava e higieniza al niño... mucho trabajo, mucho.
Cuando llega la visita...impecable. Pero en los ratos de intimidad...¡cuánto para hacer!

Volviendo al trabajo después de un Adviento bien de Dios, de pronto siento que fuí visita. Algo así como si hubiera ido a ver a María y José al pesebre, me hubiera maravillado contemplando al Niño y después, de vuelta a “mi realidad”. Pero algo me falta: mi realidad es pobre sin Él...pero tengo tanto que hacer...¡traer un recién nacido es mucho trabajo!... mucha dedicación, mucho cuidado. Ya estoy grande para esto; ya criamos tres hijos en casa...¡otra vez los pañales, otra vez no dormir, otra vez...!
Pero me falta algo.
Quizás me falte el valor para comenzar de nuevo.
En una de esas, perdí la sensibilidad necesaria para ser parte del milagro.
Tal vez, me olvidé de la minúscula perfección de sus uñas, de la piel que huele a vida nueva, de los ojos que hablan, de los piecitos sin estrenar... tal vez me olvidé de la paz de verlos dormir... tal vez me olvidé de todo lo que cada mañana me hacía olvidar del cansancio.

Queridos María y José:
Disculpen por no haber estado atento en estos días.

Sepan que lo pensé bastante y, pese a que me cueste, estoy a su disposición para darles una mano.
Pidan nomás: arreglar un poco el pesebre, cocinar, lavar. También podría cambiar pañales y cuidar al Niño.
Incluso, José, si necesitás te atiendo por un tiempito el taller.
Y sí... me siento con un poco de culpa: logré ,pese a todo, hacerles lugar, y al rato fui vencido por la tentación y los dejé solos; pero fue hasta hoy nomás. He vuelto, para lo que gusten mandar. Después de todo ¡Jesús nació en mi pesebre!
¡Dios volvió a repetir el milagro!
¡Feliz Navidad!

Amén

diciembre 22, 2006

De puerta en puerta...y van...

Ya debe andar José golpeando puertas.
Golpeando, mientras trata de sobreponerse al dolor y la vergüenza de no tener nada más para ofrecerle a sus amores.
Las puertas que se golpean, en general están cerradas.
Hay un lapso de tiempo eterno entre el golpe y la respuesta.
Un momento de decisión.
Una pregunta.
Una respuesta.
Un diálogo mudo de tiempos divididos.
¿Encontraré lugar? Retumba en el corazón de José.
Pienso mucho en José en estos tiempos navideños.
Un hombre en el límite de su entrega, tocando fondo.
Lo sostiene la promesa, nada más. Nada menos. Sólo le resta conseguir un lugar para que se cumpla.
No sabe más por dónde buscar.
¡Cuánto comprendo a José!
¡Cuántas veces, como padre y esposo, siento que no tengo más nada que ofrecer!
¡Cuántas, como hijo, amigo, hombre!
Hay que apretar los dientes y seguir golpeando.
Nada puede opacar la alegría de la vida.
No hay mal lugar cuando se consigue el lugar. Es lo que hay, es el mejor.
Por lo menos hoy...
Fuerza, José, fuerza que el buen Dios ama los porcentajes de un modo misterioso.
100% de poco, es mucho más que 10% de mucho para Él.
Fuerza, José, dame fuerza también a mí también para poner todo; para arriesgarme al papelón de conseguir sólo un pesebre.
Es lo que hay, es el mejor.
Por lo menos hoy...
Muchas entregas juntas y al límite.
El Niño Dios hará el resto.
Gracias María, gracias José, gracias, Padre bueno por este regalo.
¡Acá sí hay lugar!
¡por fin!Amén

diciembre 12, 2006

Madre Teresa

Santa, sin duda santa.
¡Cuánta confianza tenía en nosotros!
"Dar hasta que duela", repetía.
¡Dar hasta que duela!...
No tenía ni idea de lo rápido que duele.
Querida madre, te pido que me ayudes a doblar la apuesta:
Dar hasta que duela y luego, hasta que sienta que se hace justicia.
Sólo así, traspasando los límites del primerizo dolor egoista, podré reparar el error.
¡Amén!

diciembre 07, 2006

Centuriones sueltos

Es complicado hacerle lugar a Jesús en Navidad.
El espacio del placard o de el desván que ocupa la caja con el arbolito y los adornos y las guirnaldas y todos los “y” no alcanza para una parturienta, y mucho menos, para alojar una familia.
En su peregrinar, María muy embarazada y José lleno de preocupación, tienen que ir sorteando Papás Noeles que, como centuriones romanos, custodian y recorren calles, centros comerciales, avisos publicitarios, diarios, revistas...vidas.
Centuriones que penden de vidrieras y también de puertas en las que ellos, María y José, debería golpear para ver si hay lugar.
Los centuriones siguen siendo presencia visible del poder. Siguen recordándonos quién manda hoy. Nosotros, seguimos obedeciendo.
¡Pobre San Nicolás! Y pobres de nosotros, los cristianos, que para minimizar las cosas tratamos de convertir a bonachón vestido de rojo en santo. Ni así alcanza para que la fiesta tenga el verdadero sentido.
Casi nadie queda fuera de este reconocimiento al César.
Los negocios se engalanan rindiendo tributo y en las casas, obviamente no podemos ser menos.
Los papás mantenemos la tradición del misterio y seguimos dándole vida al que hoy es el dueño de la Noche Buena. Una tradición que respetamos, cumplimos e inculcamos en nuestros hijos: Papá Noel existe. Sí. Mientras lo hagamos existir, existe. Y existe del modo en el que el César quiere que exista: como símbolo irrefutable del consumo, el festejo excedido y el frío ajeno.
Muchos me podrán decir... pero Pablo, mira que lo de San Nicolás es cierto...y el abeto tiene un significado equis...y las luces simbolizan tal o cual cosa..., sí, sí, todo comprendido, pero la Navidad es fiesta de Jesús naciente, de Virgen entregada y de José haciéndose cargo. Fiesta de Dios en medio de nosotros. Parto primerizo de vida nueva. ¡Vida Nueva!. Vida nueva que sigue, como hace dos mil y pico de años, necesitando un lugar dónde brindarse.
Es muy, pero muy difícil abstraerse de la “fiesta” para vivir la FIESTA. No soy ajeno a ello, pero por lo menos hoy, trato de guardarme la rebeldía y con ella, la sincera vocación de conversión.
Yo también fui y soy el “papá Noel” de mis hijos, mis sobrinos y los hijos de mis amigos. Algunas veces también, el papá Noel de chiquitos necesitados, de viejos abandonados y de “viudas y huérfanos”; pero esta Navidad quiero decir basta.
Me gustaría dejar de ser un papá pirotécnico para parecerme más a José.
Reconocer que estoy dando lo mejor que tengo aunque me avergüence por ello, y darlo todo.
Quiero, por lo menos hacer el intento, de liberar mi corazón para que en él nazca el Redentor y ser entonces, el Salvador de mis amores y de los desamparados.
Quiero disfrazarme de Cristo, no de bonachón colorado barbudo y rozagante.
Mejor dicho, quiero revestirme de Cristo.
Quiero dar amor y vida como da Jesús, no caramelos.
Quiero que mi mesa, nuestra mesa, sea mesa de pastores sorprendidos comentando el milagro.
Quiero que mi mesa, nuestra mesa, sea la mesa de la Esperanza y no la de los 12-deseos-tragados-con-pasas-de-uva a las 12.
También la de la misericordia.
Mucho mejor, la del perdón y la reconciliación.
Fundamentalmente, la del verdadero amor.
Quiero...¡quiero tantas cosas!, tantas que solo no puedo.
Tendré que nacer de nuevo en Navidad.
¿Podré?
¿Podremos?
¿Se animan?...faltan todavía unos días.
Pidan y se les dará, dijo Jesús.
Pidamos.
Recemos.
Amén.

diciembre 05, 2006

Para compartir en Adviento

Así son las cosas...escribí para Cáritas y Cáritas lo pasó. Así debe ser.
http://www.revistatigris.com.ar/diciembre06/tigris8.htm
http://www.revistatigris.com.ar/diciembre06/caritas.pdf
Es lindo ver que la Noticia también es nota.

noviembre 30, 2006

Jubileo en la Diócesis


De cosas chicas se nutre el corazón. Es complicado juzgar los propios trabajos, pero me alegra muchísimo haber podido ayudar a poner un rostro al Jubileo de nuestra Diócesis.
Era mucho lo que se quería expresar y Dios quiera, hayamos podido por lo menos, hacerlo en parte.
Opiniones, bienvenidas.
Me encantó rezar diseñando esta vez. Juntar todo, revolver y ver qué pasa. Sintetizar vida, trabajo y camino.
Linda experiencia.
Bien de Dios.

noviembre 22, 2006

¿Sos vos el Rey?

Rezando el Evangelio del próximo domingo*, no tengo más remedio que pararme delante de Jesús y hacerle la misma pregunta que le hizo Pilato.

-¿Decís esto por vos mismo, o te lo dijeron de mí?, escucho...
- parte y parte, le contesto.

Me lo dijeron; sí, desde chiquito me lo vienen diciendo. Diciendo. No te veo reinar, querido Jesús, demasiado en este mundo. Pero sí, me lo dijeron. Quizás los mismos que me lo dijeron son los que no te reconocen realmente como Rey; los que te anuncian y luego te callan. Los que se llenan la boca con tus palabras y después, frente al compromiso auténtico del testimonio, hacen silencio con sus vidas. Me lo dijeron...y es muy probable que yo también así lo esté diciendo.
Es muy probable que sea yo quien hoy cuento las historias de un Rey que no gobierna.

También lo digo por mi mismo, porque muchas tierras de mi vida no hay Rey, no hay ley, no hay paz. Mucho de mí necesita el Rey correcto. Mucho, debería destronar al rey equivocado. Lo digo por mi mismo.
Pido, querido Jesús, la humildad de dejarte reinar en mis comarcas; de abrirte las puertas de todas y cada una para que seas vos quién ponga orden allí, para que termines con las guerras y lleves la paz.

La tiránica anarquía de mil reyes, mata.

Pido, querido Jesús, el valor para servirte y batallar cuando lo ordenes, o arar la tierra, o apacentar ovejas, o cambiar el mundo. Valor. Pido valor para servirte.

El alarido de mil reyes, ensordece.

Pido, querido Jesús, contagiarme de Tu modo de ser y ser yo mismo, tal como Vos me imaginaste, y trabajar con Vos, y mirar como Vos, y amar como Vos, y gobernar como Vos.

La anarquía de mil tiranos, cauteriza.

Pido, querido Jesús, que aunque te cierre las puertas, las derribes; que aunque te diga que no, me insistas; que aunque arrase la tierra y deje escombros, siembres, porque no es que no quiero, es que no puedo.

La tiranía de mil reyes, agobia.

No es que no quiero, es que no puedo, por eso pido.
¿Qué si lo digo por mí o me lo dijeron?...parte y parte, querido Jesús, parte y parte.

Y te seré sincero, también me dijeron cosas lindas. También te vi reinar en muchas vidas; por eso pude reconocerte recién cuando me pare aquí delante...pero sabrás perdonar, me quedaba la duda.
Ahora ya no.

Pido, querido Jesús, pido.

Pese a mí, reina en mí.

Amén

(*Jn 18, 33b-37)

noviembre 10, 2006

Las figuritas

La vizcacha se había mudado hace poco al vecindario y, sociable como es, no tardó en hacerse amigos. Mientras cavaba su casa, los chicos se paseaban entre los matorrales y también, iban coleccionando nuevas relaciones; solamente uno, merodeaba perdido entre las risas de sus hermanos y las historias inverosímiles de los flamantes compinches destinadas a impresionar a los recién llegados.
Tito vizcacha, se alejó un poco del grupo y entre las cañas vio al carpinchito también solitario. Soledad con soledad es buena combinación, pensó, y sin demorarse, se acercó al carpincho que parecía muy ensimismado en sus cosas.
Ni levantó la vista el carpincho y lo recibió con un
- ¿tenés figuritas?
Tito no solo no tenía figuritas, tampoco tenía bolsillos dónde buscarlas, así que también instantáneamente le respondió que no.
- bueno, entonces si no tenés figuritas no podemos jugar. No puedo ser tu amigo.
- ...pero charlar tampoco.
- No. Yo solamente juego a las figuritas.
Mientras le hablaba, seguía sin dirigirle la mirada y al mismo tiempo, como crupier experto, barajaba una pila enorme de figuritas semi nuevas.
Tito lo dejó y el carpincho allí quedó.
Con el paso de los días, Tito siguió acercándose al carpincho y la respuesta, palabra más palabra menos, seguía siendo la misma.
Finalmente, una tarde de lluvia en la que el más divertido sufría los embates del aburrimiento, la rana, que paseaba fuera de zona aprovechando el agua, lo vio al carpincho solo y aburrido y le preguntó por qué no jugaba con los demás. Bueno, el carpincho, nuevamente expresó su único y excluyente interés por jugar a las figuritas. La rana pensó un poco y le dijo:
- Es lindo jugar, pero sucede que sos el único que tiene figuritas por el barrio; así no vas a poder nunca encontrar compañía. Por qué no haces una cosa: buscate un amigo, prestale unas figuritas y así podrán jugar juntos.
El carpincho era más dormido que amarrete, así que ni bien le propuso esto la rana, se dispuso a esperar la visita de Tito que, con precisión suiza, pasaba todas las tardes a la misma hora por allí. Y así fue. Cinco de la tarde, Tito se acercó y el carpincho lo estaba esperando con la mitad de su mazo en la mano. Sorprendido, Tito tomó las figuritas, y en minutos estaban jugando.
No más soledad.
Una linda amistad.
La familia vizcacha fue muy feliz en el barrio.


Moraleja:
Los cristianos deberíamos compartir hasta el punto en el que todos puedan participar del juego. Hasta el punto, en el que todos puedan disfrutar.
¿Utopía o mandato?

noviembre 09, 2006

Dar y compartir

Suena parecido pero no es lo mismo.
¿A qué estamos llamados los cristianos, a dar o a compartir?.
Según la Real Academia Española, “limosna” significa, entre otras acepciones: “Cosa que se da por amor de Dios para socorrer una necesidad.”
Tanto el móvil como el fin deberían hacernos pensar.
Amor a Dios.
Necesidades insatisfechas.
Dar o compartir.
Cuando doy, doy lo que puedo o quiero.
Cuando comparto, entrego lo que tengo.
Quizás, doy más al dar.
Seguro, doy mejor al compartir.
Al dar, me desprendo de lo dado.
Al compartir, parte de mí se entrega.

Voy rezando estos días el Evangelio del domingo (Mc 12,38-44) y no puedo dejar de pensar en los primeros cristianos; en esas celebraciones que hacían en las casas y que terminaban partiendo el pan...que terminaban en Eucaristía.
Me los imagino llegando cada uno con su canasta con comida para poner en la mesa común. Llevando lo que tenían previsto comer y como es lógico, un poco más, aunque sea para no quedar mal.
También me parece ver llegar a la viejita de las dos monedas, ahora, con sus dos empanadas. Otra vez únicas dos empanadas.
Arriesgar sus dos empanadas en el plato compartido, en la mesa común.
Arriesgarlas a que sacien otras necesidades.
Jugarse a pasar hambre, en la certeza de que siempre el hambre será saciado; no necesariamente el propio, pero siempre el hambre.
Pocos cálculos hace la viuda.
Siempre sobraba comida en esas mesas.
Siempre se repetía el milagro de los cinco panes y dos pescados.
Utopía para el mundo.
Milagro para el hambriento.
Marcos no habla de cantidad; habla de calidad.
En el “cómo” se juega el ser cristiano.
El milagro del “cuánto” corre por cuenta de Dios.
Siempre que nos arriesgamos a revisar el “cómo”, abrimos la puerta al milagro.
A la hora del dar, este domingo, voy a tratar de pensar en compartir.
Dar o compartir.
Cuando doy, doy lo que puedo o quiero.
Cuando comparto, entrego lo que tengo.
Quizás, doy más al dar.
Seguro, doy mejor al compartir.
Al dar, me desprendo de lo dado.
Al compartir, parte de mí se entrega.


Me gustaría que el buen Jesús me regalara la inocencia de niño, esa que me daba la libertad de sacarme el chicle de la boca para darte la mitad.
¿qué asco?...no, hoy de grande, asco deberían darme otras cosas.
Dar o compartir.
Dios me ayude a aprender de la viuda.
Dios me ayude a compartir.
Amén

noviembre 01, 2006

Amores Pascuales

No me gusta hablar de la muerte. Prefiero hablar de la Pascua. No es que le tenga miedo, sino que intento tener verdadera fe.
Muerte veo en vida y, paradógicamente, sigo viviendo la vida de mis muertos y ellos, siguen viviendo en mí.
Es una obviedad decir que estamos de paso, pero me gusta la imagen por esto del dejar huellas. ¡Tengo tantas huellas en mi corazón!. Tantas personas han pasado pisando a su modo pero siempre, dejando sus huellas. Tantas y tan queridas. Queridas y de las otras también, pero siempre pisando y marcando.
Me gustaría que Dios me regale la gracia de poder recorrer mi arena húmeda y reconocer en ella a todos y cada uno de los que por allí pasaron. Pedirle que las olas de la vida no borren huellas y apostar a más, a que baje el agua así más y más gente deja sus señales en mi corazón para que pueda crecer.
A modo de síntesis agradecida, nombro a dos amores pascualizados: mamá y papá. Ellos se encagarán de tender la mesa, mañana, e invitar a los demás a compartir el banquete de la vida que me regalaron y todavía disfrutan allí.
A todos mis amores, queridos y respetados, vaya esta oración.
Gracias por lo que me enseñaron.
Gracias por haber estado allí.
Gracias por hoy, interceder por nosotros.
Gracias, Dios bueno, por haberme hecho crecer en y con ellos.
Los sigo queriendo a todos.
Los sigo extrañando a todos.
Que Dios los tenga en la palma de su mano.
Recen por nosotros.
Amén

Pd: por si duele mucho todavía... ofrezco de nuevo la fabulita de la paloma

octubre 27, 2006

Aprendiendo a ver


Hasta hace un tiempo, pensaba que tenía la capacidad de ver correctamente todo cuanto me rodeaba. Ver correctamente implica incluso comprender y apreciar lo visto. Un día mis sobrinos trajeron un libro de estereogramas y me desafiaron a ver lo invisible. Naturalmente que al primer intento fallido decidí que eso no era para mi.
Sin embargo me quedó la duda: se verá realmente algo allí.
Probe un par de veces y sí, efectivamente allí había algo. Casi mágico podría decir.
Bien, esto es lo que le voy a pedir a Jesús, cuando este domingo (Mc 10,46-52) pregunte "¿Qué quieres que haga por tí?", que pueda contestarle con fe: "¡Maestro, que yo pueda ver!".
Hasta el estereograma, nunca me había cuestinado cómo miraba. Ahora me inquieta pensar que Jesús puede regalareme otra forma de ver.
Mañana, probablemente me inquiete y comprometa mucho más, aquello nuevo que haya visto.
Dios quiera.
Amén.

ver otros estereogramas

octubre 26, 2006

...de vez en cuando una fábula viene bien

La mesa del bar

Siempre me resultó muy complicado entender por qué las mesas en los bares son tan chicas.
Quizás sea para ahorrar espacio, o tal vez para lograr que la gente se quede poco tiempo. Sería bastante lógico: no es lo mismo quedarse una hora almorzando que una hora tomando un café.
En una mesa bien chica se pueden hacer muchas cosas pero también, queda poco lugar para otras.
Cuando te traen el café, más el minúsculo plato con los cuatro minúsculos bizcochos y el minúsculo vaso de agua y el pinche de la cuenta y el prolijo servilletero de también minúsculas servilletas, prácticamente no queda lugar para nada. Mucho menos si son dos los que hicieron el encargue.
Sin embargo, por estas extrañas cuestiones de la vida, cuando te atrapa un bar, es cómo si encontraras un refugio. Es más, en muchas circunstancias es un refugio y también un sitio de pertenencia; y eso, es lo que le estaba pasando al gallo.
Todas las mañanas, el gallo salía de su casa y recorría las 5 cuadras obligatorias para llegar al bar; saludaba al chivo de la barra, hojeaba mecánicamente el diario hasta llegar a los deportes, leía una noticia –de preferencia corta- y rápidamente se disponía a sentarse en su mesa, siempre una y siempre esa; luego llegaba el café con su séquito y mientras mantenía la taza en alto y la picoteaba suavemente, perdía por un buen rato su mirada en la vidriera. Al cabo de unos veinte minutos y cuando ya no quedaba más que aroma a café fuerte y frío en la taza, sacaba el ticket de su doméstica tortura y dejaba junto a la caja, ticket y dinero también siempre justo. Saludaba al chivo y comenzaba el día. Todos los días. Todos.

El ganso, que por un tema de roles en general no estaba obligado a levantarse tan temprano, lo escuchaba salir y también todas las mañanas se preguntaba si verdaderamente era tan bueno comenzar el día con un paso por el bar.

Finalmente la duda lo carcomió y al notar que el gallo estaba por partir, le dijo que, si no tenía inconvenientes, a él le gustaría acompañarlo, cosa a la que el gallo respondió afirmativamente y ambos salieron desde ese día y por muchos días más, juntos hacia el café de la quinta esquina.

Al principio fue todo novedad para el ganso. Trató de imitar el rito, de hacer exactamente lo mismo que hacía el gallo y sin darse cuenta, también él fue permitiéndose crear su propio modo de vivir el bar.

Pasada la euforia de las primeras mañanas en las que el gallo se ufanaba mostrándole todos sus trucos secretos, la ceremonia del bar, para el ganso fue palideciendo hasta convertirse en una rutina absolutamente aburrida, al punto, que, aquello que durante unas semanas los unió en una nueva forma de relacionarse, ahora comenzaba a ser tema de discusión. La cuestión: ¿Qué le encuentra el gallo a ese bar?

Así, primero como pregunta simple, luego como discusión leve y al poco tiempo como debate obligatorio, el ganso y el gallo se trenzaban en interminables disquisiciones respecto de las bondades del lugar y del hábito.

Al cerdo le resultaba sencillo no intervenir, pero imposible no participar: gritos de gallo y ganso se escuchaban seguido por toda la casa, así que un día, cansado de escuchar siempre lo mismo, se acercó a los aprendices de necios y les preguntó que era lo que concretamente trataban de resolver con la discusión. Finalmente, se trataba sólo de sostener posiciones: para el gallo, ese rato en el bar era insustituible; para el ganso, absolutamente aburrido, monótono y deprimente. El cerdo los escuchó prudentemente exponer sus razones y ofreció intentar mediar en el asunto, cosa que ambos aceptaron quedando a la espera del veredicto.

A tranco lento, el cerdo fue una y otra vez al bar. Tomó el mismo café, se sentó en la misma mesa y tardó el mismo tiempo. Una y otra vez.

Al cabo de una semana llamó al gallo y al ganso a su corral y les preguntó:
- ¿siempre van a la misma mesa?...
- ¡Sí!
- mmmm... y ¿siempre se sientan cada uno en la misma silla?...
- ¡Sí! – respondieron al unísono.
- ¿Siempre en la misma? – reiteró.
- ¡Sí! – casi gritaron.
- Me lo imaginé. – replicó el cerdo.

Al día siguiente y aceptando el consejo del cerdo, gallo y ganso volvieron al bar, hicieron las mismas cosas pero esta vez, al momento de sentarse, intercambiaron sillas. El gallo quedó mirando a la pared y el ganso, de frente a la vidriera.
Nunca más volvieron a discutir.
Nunca más dejaron de ir.

Moraleja:
Para comprender, debo ponerme en el lugar del otro.
En su lugar.
Realmente en su lugar.
Siempre.

Gracias, Josefina, por estar tan atenta...

octubre 02, 2006

Medidas drásticas

Breve comentario del Evangelio de ayer: Mc 9, 38-43. 45. 47-48

Cortar.
Arrancar.
Cortar.
Palabras duras de boca de Jesús.
El sábado, predicando este evangelio a un grupo de bienaventurados pregunté: “si tuvieran la certeza de que cortándose una mano podrían volver a la vida (léase, dejar la droga, el alcohol, perdonar, y demás muertes), ¿lo harían?”. La respuesta fue unánime: SI.
Parece que es más dura la realidad que la propuesta quirúrgica de Cristo.
Duele mucho más el mordisqueo de la muerte que el filo o el tirón seco.
Yo también tengo cosas para que Él corte. Cosas que no me animo ni siquiera a tocar. Muertes de las que no puedo resucitar.
Necesito un cirujano experto.
Necesito conversión, corte. Microcirugía y cirugía mayor. Muchas de las unas y muchas de las otras.
Necesito la fe para entregarme al cirujano y desprenderme de lo que me mata.
Amén.

septiembre 05, 2006

Bocas sordas

Veo bocas que se mueven y ahogan lo que no pueden callar. Lo que no pueden decir. Lo que nadie siquiera intenta escuchar.
Veo bocas por todos lados y en todos los lugares por dónde voy.
En mi casa, las de mis hijos que intentan expresarse y muchas veces no saben a quién dirigirse; la de mi esposa que revolotea mientras pienso cosas “importantes”.
Las de los viejitos en el geriátrico y las de muchos jóvenes los sábados por la noche gritando desde botellas y aturdimiento.
Las veo también en el tren y en el subte dibujadas tras una bolsita con pegamento.
En las mañanas de Santa Rafaela con los muchachos de duchas.
En el trabajo cuando la plata no alcanza y se pierde el ánimo de hablar hablando.
En el reflejo de la pantalla de una computadora.
En la soledad de un banco o un asiento del colectivo.
Detrás de la ventanilla del auto.
En el viejo que parece no tener ya nada importante para decir.
En el padre que balbucea principios y consejos.
Veo bocas por todos lados.
Bocas que se mueven como si estuvieran hablando.
Cuellos que se ensanchan en venas tensas como si estuvieran gritando.
Labios entreabiertos que preanuncian gemidos.
Puños apretados que retienen gritos.
Labios apretados que sujetan corazones.
Antes también era ciego; ahora veo bocas...pero estoy sordo.
Este domingo decime “Efatá”, Señor, que me estoy perdiendo mucha música.
El silencio de mi ruido hace que me pierda la Vida.
Efatá.
Seguramente después podré comenzar a hablar con Tus Palabras.
Amén

Pablo, preparando el corazón para el domingo (Mc 7, 31-37)

agosto 28, 2006

¡Ahora viene lo mejor!

Ayer, domingo 27, llegó la ordenación.
Imposible describir lo que se siente y cómo se siente lo que se vive.
Lo que más me impactó: la alegría.
Varios cientos de miradas cargadas de una alegría inusitada. Muchos de ellos seguramente ni saben de qué se trata el diaconado permanente, pero sí, sin duda, percibieron y sintieron que algo que estaba más allá de nuestros límites estaba pasando.
Esa alegría expresada, abrazada, amasada con besos, lágrimas y apretones, es lo más parecido al cielo. Quizás lo más parecido que yo pueda reconocer. Gracias a todos los que estuvieron presentes, a todos los que rezaron y a todos los que hubieran querido estar, y de algún modo maravilloso, también estuvieron.
Agradezco a Dios mi vocación primeriza: el matrimonio. El regalo de una esposa dulce, comprometida e incondicional como Ale y de tres hijos maravillosos como Martín, Agus y Santi (en orden de aparición). Agradezco a Dios la generosidad de sus corazones que me colmaron de un amor que se desborda y grita ser entregado. Somos una familia en búsqueda, en lucha, en crecimiento y es en ese nido en el que esta vocación fue acogida, cuidada, alimentada y puesta por ellos al servicio de tantos que necesitan un pedacito de padre. El pedacito que podré dar como diácono es de ellos. La caricia que podré dar es suya y por ellos entregada a mis manos; el amor que tan mezquinamente podré repartir, es el de ellos. Ellos comparten más que yo. Ellos, me enseñan a ser generoso.
Gracias Ale, Tincho, Agus y Santi por enseñarme y dejarme ser.
Gracias, querido Jesús, por amarme desde mis amores y enseñarme a amar.
Perdón por mis límites. Gracias por tu perdón.
Dios me de el valor para que mi amor los haga tan libres como me hizo el de ellos.
Un papá diácono.
Pablo

agosto 22, 2006

Faltan pocos días

Nadie sirve pero todos somos imprescindibles.
Nadie basta por sí mismo, nadie “es” lo suficiente.
Estamos incompletos y nuestra plenitud solo se logra en la entrega y la puesta en común.
Capricho de Dios.
Cinco panes y dos pescados.
Yo pongo un pescado, cuando mucho, dos, nada más. Después viene el milagro.

Mi abuela, cuando era bien chico, sin darse cuenta me enseño algo de Dios. Cada vez que el cielo se ponía gris, ella se disponía a hacer panqueques; quizás esto pasaba muy de vez en cuando pero a mí me parecía siempre. Parada en la cocina al pié de la hornalla, comenzaba el rito de una masa suave que acariciaba con sus tenedores hasta dejar de seda. Luego, en la sartencita mínima iba volcando cantidades siempre justas y la fiesta empezaba. Yo, parado a su lado, simple observador, al deslizarse el primer panqueque en el plato, entraba en acción. Con la punta de los dedos tenía que ir tomando pizcas de azúcar y repartiéndolas prolijo en toda la superficie todos y cada uno de los panqueques. Al finalizar la tarea, ella con orgullo decía “hicimos”. Creo que nunca la escuché minimizar el trabajo con un “me ayudó”; hicimos, decía la abuela...y yo le creía.

Ahora que lo pienso, naturalmente que no necesitaba de mi ayuda, no.
Ella deseaba esa ayuda, porque la ayuda implicaba muchas más cosas que las pizcas de azúcar. Ayuda significaba encuentro, charla, dedicación, formación. La abuela no necesitaba que la ayude; deseaba que la ayude. La obra era luego entonces, compartida; no por necesidad, sí por decisión y deseo.

Me gusta imaginar a Dios como la abuela en una tarde de lluvia haciendo el reino. Mezclando la realidad con sus dos tenedores gastados y sus manitos huesudas, batiéndola hasta sacarle brillo; aprestando su sartén de hacer el mundo, y pidiéndonos ayuda. Invitándonos a ponerle una pizquita de azúcar que, casualmente, Él puso antes en nuestras manos, para que cada parte de la realidad del hombre sea perfecta. “Hicimos” dirá Él después. Hicimos. ¡Cuánta generosidad!. ¡Cuánto amor!.

No nos necesita Dios.
Eso es un gesto de amor impresionante para nosotros saber que no nos necesita. Saber que no nos necesita pero que somos imprescindibles.
Saber que nos ama tanto que posterga su verdadero plan para que nosotros podamos participar de Él. Que cambia el paso y nos espera. Algo así como que su plan, sin nosotros no se completa. ¿Necesarios? No. Pero en este capricho de amor, imprescindibles.

Habiendo podido crear un “solo” como lo hizo el primer día de la creación primera, con nosotros busca otra cosa. La sinfonía del Reino no se puede ejecutar sin las enésimas voces e instrumentos que Él mismo eligió. Cada una, cada uno, tiene un tiempo, un matiz, un sonido, un ritmo, un tono, un color, un timbre...cada uno, uno, único e irrepetible. Siempre, desde siempre, para siempre y hasta sea unísono.

No es un Reino completo el que necesita de nosotros.
No es un Dios limitado el que espera la fuerza del hombre.
El Reino es compartido por decisión del Dios comunidad para que esa comunidad-puesta-en-común sea constituida, integrada, conformada y fundida en y con nosotros; por eso Jesús no aparece desde las nubes montado en un trueno sentenciando los planes de Dios. Jesús es y se comparte al límite de lo divisible. Se comparte Él mismo en también enésimas partes siempre divisibles y siempre enésimas hasta que el hombre logre hacer sonar la sinfonía de Dios.

Todos imprescindibles.
Quizás lograr expresar esto sea el secreto para cambiar el mundo y transformarlo en Reino.

Tal vez, y sólo tal vez, el Reino sea ese lugar en el que nadie sobre y todos se sepan y reconozcan necesarios, imprescindibles. El reino de la cocina de Dios en el que cada uno “hace” mientras lleva su pizca de azúcar.
Pequeño detalle.

Los abuelos vivían en la casa de adelante. La cocina de ella daba a un patio y mi casa, comenzaba en ese patio y terminaba en el fondo. Seguramente muchas veces me llamó mientras comenzaba los panqueques y yo no la escuché. Seguramente, alguna vez la escuchó mi hermano y habrá sido él quién puso el azúcar. También es innegable que deben haber sido más las veces que nadie la escuchó y, finalmente, hizo toda una receta sola. Intuyo que siempre llamó, porque era tanto lo que disfrutaba compartiéndolo que no la veo haciendo sus panqueques en silencio para que nadie participe.

Una pizca de azúcar me está pidiendo Dios hoy.
Una pizca sobre cada panqueque para que ninguno quede soso.
Hicimos, dirá después. Siempre dice “hicimos”; y yo, hoy, entre mis juegos, mis ruidos, mi música, mis planes, digo SI. Voy al pié. Voy a Tus pies. Vos me invitas y yo acepto el convite. ¿Qué si dejo cosas de lado? Claro que sí. Pero quiero estar allí. Quiero mirarte a los ojos para que Vos, sin decir palabra y con un pestañeo, me digas “ahora”, para que frunciendo levemente el seño, me digas “basta”, para que sonriendo con la mirada me digas “está bien”. Quiero mirarte desde abajo y verte allí arriba pero cerca. Quiero decir que sí, porque me enamora el salir de Tu cocina lleno de olor a promesa de manjar. Llevar ese aroma a Cielo impregnado en la ropa y en las manos para que al pasar, todos en casa digan...¡hicieron panqueques!...y ya con el perfume se les vaya haciendo agua a la boca.

Tengo poco, Jesús, para entregar y lo sabés. No quiero ni puedo engañarte. También sé que amás lo pequeño y tu milagro favorito es hacer crecer las cosas, multiplicarlas. Sumar, multiplicar son tus signos. También creaste el repartir y nosotros, malinterpretando tus planes, inventamos dividir y restar.

Ya me mostraste milagros. Ya me permitiste poner en juego lo poco para hacerlo mucho. Ya me regalaste el amor y pese a mi egoísmo se hizo matrimonio y después, pese a mis retaceos, hijos, y mis chicos, pese a mis miserias, grandes. Ya me voy dando cuenta de quién sos. Por eso no me quiero quedar con nada.

Ya no tengo más vergüenza.
Un pescado.
Una pizca de tu azúcar.
Mis manos.

Hoy siento que querés mis manos para después decir “hicimos”. Y no lo siento ni por santo ni por místico. También vos, me lo enseñaste en el grito, el ruego, la alegría y la sonrisa de los otros. Me lo enseñaste cuando toqué sin querer y te sintieron a vos; cuando acaricié por descuido y se sintieron acariciados por vos. Cuando dije y resulto ser que dijiste, cuando conté, y resulto ser que contaste. Cuando escuché y escuchaste, cuando finalmente amé poquito y fuiste vos quién llenó el corazón.

Tengo una linda visión, Señor, de cómo actuas.
Una dulce intuición de cual es el modo en que hacés las cosas; por eso digo sí y quiero poder gritar el SI.

Conozco mi límite, querido Jesús, por eso te entrego ni nada, mi tope. Te ofrezco el “hasta donde llegue” para que lo lleves hasta dónde quieras. Tengo fe en vos. Creo en vos. Creo en Tu milagro.

Ofrezco poco, Señor, ofrezco lo que me atrevo a ofrecer. Recién dije un pescado, ahora digo, dos manos; podría decir mi voz; si fuera valiente, diría mi vida. Tengo tanta fe, Señor, que se que dos manos son inútiles para el mundo, pero para vos, son necesarias. Vos me lo hiciste creer. Vos me dijiste “denles ustedes de comer”.

Podría dejarme vencer por la desesperanza, pero no. Te vi; te vi muchas veces. Te veo muchas veces hacer el milagro y sé de lo que sos capaz. Por eso las quiero entregar y verte otra vez y mil veces más hacer de las tuyas.

A la abuela, le tiraba del delantal cuando hacía los panqueques. Ella sabía que un tironcito significaba “ya está” y que dos, en una de esas eran la señal para robarme alguno... Así me acerco a vos, Jesús, entre medio de la gente y los embrollos de la vida para tirarte del delantal, del manto, como la hemorroisa, con menos fe que ella, pero con mucha fe. Un tironcito nomás para avisarte que aquí estoy. Te muestro las manos (vos conocés mi corazón). Son estas dos nomás, Jesús. Éstas que sabés duras pero también tiernas, que has visto pecar pero también mimar. Éstas que hacen lo que no desean y desean hacer lo que no hacen. Éstas que no quieren hacer nunca más el mal. Éstas son las dos manos que te voy a entregar para que con ellas hagas... lo que gustes mandar.

Tengo la fe suficiente como para saber que después, el mundo no será igual. Que algo, en algún corazón, en alguna casa, alguna vida va a cambiar.
Tengo la certeza del milagro prometido y hago trampa, porque sé que el milagro se realiza. No quiero nunca más decir que no. Quiero decir siempre que sí.

Seguramente me llamaste muchas veces, Jesús, para que te ayude. Pero hoy te escuché. Quiero quedarme al lado tuyo para construir el Reino. Hoy sí, Jesús. Hoy me quiero quedar al lado tuyo.
Gracias por invitar.
Gracias por llamar.
Gracias, Padre bueno, por compartir.
Que se haga el milagro.
Amén.

Pablo a 7 días de la ordenación...

agosto 11, 2006

todo llega...

Después de varios años de camino, el próximo domingo 27 la Iglesia tendrá un nuevo servidor. ¡Diácono permanente....quién hubiera dicho!.
Todavía me avergüenza hasta pensarlo.
Lo único que me alienta es tener la misma sensación del primer día; todavía siento que me quedan cortos los brazos; que hay una noticia impresionante para dar y me revienta el pecho de ganas; que mis manos necesitan tocar, y que los que sufren, gritan al cielo para que los toquen; que Cristo hace fuerza para meterse en la multitud y no le hacen lugar; que se necesita creatividad para vencer la muchedumbre y bajar al paralítico desde el techo... qué se yo... que afuera hace frío; que el ruido debe dar lugar al anuncio... ¡tantas cosas!... sigo sintiendo tantas cosas, y lo que me tranquiliza es que ninguna de esas ellas “depende” de mí. Tengo bien claro quién soy y lo poco que aporto por eso veo cotidianamente el milagro: pongo dos pescados, Él le da de comer a muchos. Dos pescados que llevo arrumbados en el bolso. Él hace el milagro.
Sigo sintiendo que Dios me elige, no por dotado sino por gracia. Sigo confiando en que Él, con la elección manda la fuerza. Lo único que yo pongo es el sí; Él se ocupa del resto.
A quién lea este post, le encargo un rezo.
Cristo sigue llamando pescadores.
Cristo sigue resucitando pecadores.
Mi madera es rústica y espinosa...
Mi familia y quienes me conocen bien saben también que es dura y pesada.
Yo confío en que obre el milagro y Dios la haga más noble.
De lo que estoy seguro es que a servir para encender el fuego.
Es lo que tengo.
Es lo que doy.


Próximo a la ordenación...Pablo