junio 11, 2007

...y seguimos con el Amor

Cuando, poniendo los ojos en la gracia de mi realidad, amo del mejor modo en que esté a mi alcance amar hoy, estaré hablando el lenguaje de Dios y haciendo oración en Su idioma.

El único límite para amar será mi resistencia a ser canal de un Amor sin límite.
Mi dureza, su cauce; mi egoísmo, su dique. Mi entrega, su derrame.
Interceptamos el amor de Dios.
Negamos dar aquello que no nos es propio.
Mezquindad.
Por eso, detrás de todo pecado se esconde un no-amor.
Negar el amor es torcer el plan de Dios.
Es cortar el canal sagrado de la Vida y su comunicación.
El no-amor engendra el no-Dios; la nada. La Muerte.
El no-amor es multiforme y sofisticadamente inequívoco.
Un gesto de amor que no concluya en entrega encierra uno o muchos no-amores latentes y dispuestos a destruir el milagro.
En el hombre hay una intuición de que la promesa es cierta; algo así como un recuerdo de esa armonía y plenitud que Dios nos propuso en cada Génesis y que, por alguna decisión equivocada propia o ajena volvemos a rechazar.
El no-amor es la insistencia en el error primordial.
El amor, la reconstrucción del Paraíso.
Perdón y arrepentimiento.
Perdón, primero perdón. Iniciativa de Dios. Después, arrepentimiento expresado en entrega. Arrepentimiento gozoso que nos invita a volver a jugar. Entonces el amor es alegría.
El amor esponsal nos lleva al Paraíso. El amor fraterno, al cielo. Ambos a Dios. A uno presente y siempre signo de Vida.
Dinámica constante y recuerdo de que nada nos pertenece pero todo nos construye.

Demasiada gracia retenida mata.
Dios no es inicuo pero tampoco inocuo.
Todo lo que intenta retenerlo tiende a romperse.
Incontenible, debería ser la expresión.
Por eso negarlo mata y al matar se muere. Se muere y mata.
Cortar la rama, dijo por allí Jesús, es sólo menester de la Mano Maestra.
Sólo unidos al tronco tenemos vida. La savia de Dios corre por nosotros siempre urgente para seguir llevando Vida. Si me corto, muero. Si te corto, también, quizás más tarde pero muero después de darte muerte.

El amor en el lenguaje de Dios es mucho más que lo que entendemos por amor, quizás sólo parcialmente comprensible revisando nuestra paternidad que expresa su amor, casi minoritariamente en la caricia. La vida misma es expresión de ese amor. Íntegra. Igual de íntegra como debería ser nuestra vocación de amantes cotidianos. Ni una hora, ni un minuto, ni un gesto, ni una acción sin amar del modo propio de cada situación. Conciente o inconsciente: siempre amantes.

Amor y vida en boca de Jesús son la misma cosa.
Tan incontenibles como inexplicables, indivisibles e imperativos.
Jesús ama y da vida. Da vida y ama: la misma cosa.
Cumple el plan.
Reconstruye.
Restituye.
Vuelve a tejer la Alianza.
Por eso es Buena Noticia para todos y en especial para los no-amados, sus Bienaventurados, los marginados y excluidos.
Sólo se puede comprender esta preferencia por el amor.
Jesús ama y manda a amar a aquellos a quienes otros han decidido no-amar y por eso mueren. Por eso sufren y por eso gimen.
Amor y vida, nos expresa Jesús, son sinónimos; por eso su máxima entrega de amor es la Cruz. Amor entregado al límite y resignificado por Dios en la Pascua, para que ni en ese espacio último, el no-amor tenga la última palabra.

La vida vence a la muerte porque el amor no puede ser vencido.
Dios es amor.
Invencible.
Sí, puede ser negado.
El no-amor mata porque nos priva de Dios y nos aleja de Su Plan.

El Amor entonces es mucho más que nuestro pobre amor.
San Pablo nos desconcierta cuando habla de una amor desconocido y desde nuestro límite, inalcanzable.
Paciente, servicial, no envidioso, que no hace alarde, que no se envanece, que no procede con bajeza, desinteresado, que no se irrita, que no es rencoroso, que no es injusto ni se alegra con la injusticia, que goza con la verdad. Amor que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera y soporta. (1 Corintios, 13).
El amor alimenta y cura. Cuida y escucha. Toca. Mima. Abraza. Enseña y corrige. Aconseja y guía. Ríe. Comparte. Manda y obedece. Llora. Construye. Forja.

Amar es vivir como Dios manda.

En el amor verdadero la diferencia es complementaria. Sólo el no-amor hace de la diferencia injusticia o pecado. Amando como Dios manda se gana el paraíso y se hace presente el día primero, expresión de Su plan y principio del Cielo.

Dios nos sigue mostrando más de su Amor.
El Amor se preocupa, por que ese otro al que Jesús nos ordena amar, pueda desarrollarse tal como Dios ha pensado; para que ese otro pueda mostrarnos y darnos a conocer la Buena Noticia que sólo él puede dar. Por eso sólo el amor nos permite reconocer la dignidad. Es en la relación de amado y amante en dónde cada uno puede expresarse en la libertad de la más profunda intimidad y allí, Dios es uno en nosotros y nosotros uno en El.

Amando se hace presente la promesa del Reino presente.

Amén

5 comentarios:

hna josefina dijo...

¡Gracias!
Lo imprimí porque se me hace muy largo para leerlo en la compu.

Pablo Muttini dijo...

¡perdón, se me fue la mano! después de publicado me di cuenta que venía largo el tema... el próximo será "en capítulos".
saludos y gracias por estar allí,
Pablo

Ximena dijo...

Buenísimo Pablo!!

Me gustó mucho la segunda parte!!

qué difícil vivir el amor en cada gesto...a ponernos en las manos de Dios y que el Espíritu nos ayude a discernir cómo hacerlo!

Abrazo!

Pablo Muttini dijo...

Gracias, Xime por compartir, por tu comentario y cercanía. Todo un desafío discernir el modo en que el buen Jesús nos invita a amar. Desafío y camino.
Aún mientras se ama poco se ama.
Amando poco se aporta para el milagro. Hay que confiar en que siempre Él se ocupará del más mientras estemos dispuestos a dar: ¿te acordás de los panes y los pescados?...
Gracias siempre por los mates.
Pablo

Raquel dijo...

Yo he hecho como la hermana. Lo meditaré en el metro. Cualquier momento es bueno para dedicarle unos minutos a la reflexión ;)
Un saludo desde el otro lado del charco!